El gato no grita cuando le duele. No dramatiza. No pide ayuda. Simplemente se apaga.
Y durante décadas, esa silenciosa forma de expresar el dolor ha jugado en su contra.
Porque si el paciente no vocaliza, es fácil concluir que no sufre. Y si no sufre, no tratamos.
Pero hay un problema: esa lógica mata.
Un estudio reciente con 2.194 veterinarios de 88 países acaba de poner cifras a algo que muchos intuíamos: el manejo del dolor felino sigue siendo profundamente desigual según dónde ejerces, cómo te formaste y qué herramientas tienes disponibles.
Y eso, en 2026, es un problema ético que no podemos ignorar.
El estado real de la evaluación del dolor felino en el mundo
Solo la mitad de los veterinarios confía en su capacidad para evaluar el dolor agudo
Uno de los datos más llamativos del estudio es este: apenas el 49,3% de los encuestados considera que tiene un buen conocimiento de la evaluación del dolor agudo en el gato.
El porcentaje cae aún más en dolor crónico: solo el 40,7% siente que maneja bien la evaluación.
Esto no es un problema de actitud ni de compromiso profesional. Es un problema de formación. Durante años, los planes de estudio veterinarios han infravalorado la enseñanza sistemática del dolor felino. Y los clínicos en activo llevan esa deuda formativa al quirófano cada día.
El 40,8% no utiliza ningún instrumento de evaluación del dolor crónico
Ninguno.
Este dato merece un momento de pausa. Casi la mitad de los veterinarios del mundo que respondieron esta encuesta no emplea ninguna herramienta validada para medir el dolor crónico en el gato. Ni una escala. Ni un cuestionario para el tutor. Ni un protocolo sistemático.
¿Significa eso que no intentan evaluar el dolor? No. Significa que lo hacen a ojo, con experiencia clínica general, con intuición.
Y la intuición, cuando hablamos de una especie con una expresión del dolor tan sutil como la felina, no es suficiente.
La Feline Grimace Scale: herramienta más usada, pero con penetración limitada
En dolor agudo, la Feline Grimace Scale (FGS) lidera como instrumento de evaluación. Y tiene sentido: es visual, accesible, rápida de aplicar y cuenta con validación científica sólida.
Pero su uso sigue siendo minoritario a escala global. Hay clínicos que nunca han oído hablar de ella. Otros que la conocen pero no la aplican de forma sistemática. Y otros que directamente no tienen acceso a formación sobre cómo usarla bien.
Esa brecha entre lo que existe y lo que se aplica es exactamente el problema que necesitamos resolver.
El mapa global del dolor: una fractura norte-sur
El estudio no solo mide qué se hace, sino dónde.
La administración de AINEs y opioides antes de la cirugía —es decir, analgesia preventiva— se asocia principalmente con Europa y Norteamérica. En otras regiones del mundo, el patrón dominante sigue siendo la analgesia reactiva: se espera a que el animal haya pasado por el procedimiento para tratar el dolor.
Esta diferencia no es menor. La analgesia preventiva reduce la sensibilización central, mejora la recuperación postquirúrgica y disminuye el requerimiento de analgésicos en el postoperatorio. No administrarla no es solo una práctica subóptima: es una oportunidad perdida de aliviar el sufrimiento.
En cuanto a los fármacos más utilizados:
- Dolor agudo: meloxicam y buprenorfina lideran el uso global.
- Dolor crónico: meloxicam y robenacoxib son los más empleados.
Pero en Asia, África y Sudamérica, el déficit de conocimiento se suma a un problema aún más estructural: la disponibilidad de fármacos. En muchos contextos, el clínico ni siquiera puede elegir libremente porque los analgésicos que necesita simplemente no están disponibles o no son accesibles económicamente.
Por qué el gato es el paciente más silenciosamente maltratado en anestesia veterinaria
Cuando un perro tiene dolor, el mundo lo sabe. Vocaliza, se queja, busca consuelo. Es difícil ignorarlo.
El gato hace exactamente lo contrario. Se esconde. Reduce la actividad. Deja de acicalarse. Come menos. Evita el contacto. Señales que, vistas de forma aislada, pueden parecer «carácter» o «estrés» o simplemente «ser gato».
Ese es el problema central.
Sin herramientas validadas que nos ayuden a detectar esas señales de forma sistemática, el dolor crónico en el gato pasa desapercibido durante semanas, meses, a veces años.
La osteoartritis felina es el ejemplo más claro: se estima que afecta a más del 90% de los gatos mayores de 12 años, pero históricamente ha sido infradiagnosticada e infratratada. No porque los veterinarios no se preocupen. Sino porque nadie nos enseñó a buscar lo que el gato no nos muestra.
Bibliografia:
https://onlinelibrary.wiley.com/doi/epdf/10.1111/jsap.70119
Qué necesita cambiar: de la observación clínica general a los protocolos sistemáticos
La solución no es compleja en teoría. Pero requiere un cambio real de práctica.
1. Incorporar escalas validadas de forma sistemática
No como un ejercicio académico, sino como parte del protocolo clínico habitual. La Feline Grimace Scale para dolor agudo. El UNESP-Botucatu Feline Postoperative Pain Scale como alternativa. Los cuestionarios validados para propietarios en dolor crónico.
Herramientas que existen, que están disponibles, y que cambian lo que vemos cuando miramos a un gato en el postoperatorio.
2. Entrenar al equipo, no solo al veterinario
El ATV que está al lado del monitor durante la recuperación anestésica es a menudo el primero en detectar una señal de dolor. Si no sabe qué buscar, si no tiene un protocolo claro, esa señal se pierde.
La formación del equipo no es un lujo. Es parte del protocolo.
3. Aplicar analgesia multimodal y preventiva
Esperar a que el animal exprese dolor para tratarlo no tiene justificación científica. La analgesia preventiva —administrada antes del estímulo doloroso— es más efectiva, requiere menos fármaco y produce mejores recuperaciones.
En mi servicio, el protocolo analgésico empieza en la premedicación. Siempre.
4. Evaluar el dolor crónico más allá de la consulta de revisión
Los cuestionarios para el tutor son herramientas infravaloradas. Un propietario bien orientado puede detectar cambios sutiles en el comportamiento de su gato que ningún veterinario observará en 15 minutos de consulta.
Dar al tutor las herramientas para convertirse en observador activo es parte del manejo del dolor crónico felino.
Lo que el estudio nos pide que hagamos diferente
2.194 veterinarios. 88 países. Un mensaje claro:
El problema no es la falta de voluntad. Es la falta de formación sistemática y herramientas accesibles.
Y eso tiene solución.
No porque seamos mejores profesionales que quienes ejercen en contextos con menos recursos. Sino porque tenemos la responsabilidad de usar bien lo que tenemos. De aplicar lo que la evidencia ya nos ha dado. De no tratar el dolor felino como un añadido opcional a la anestesia, sino como parte central de ella.
El gato que está en tu camilla esta semana no va a decirte que le duele.
Tú tienes que saberlo antes de que él pueda pedírtelo.
¿Quieres llevar la evaluación del dolor felino a otro nivel?
En El Club de la Anestesia trabajamos casos clínicos reales, revisamos protocolos analgésicos basados en evidencia y construimos juntos la práctica anestésica que nuestros pacientes merecen.