La hipotensión anestésica es la complicación más frecuente bajo anestesia general en pequeños animales. Y sin embargo, sigue siendo una de las más infravaloradas en la práctica clínica diaria.
No porque no la veamos. Sino porque a veces la tratamos sin entenderla.
En este artículo quiero compartir el abordaje que aplico en mi servicio: basado en las guías clínicas actuales, anclado en la práctica real del quirófano.
Por qué la presión arterial importa más de lo que parece
Durante la anestesia general, el organismo pierde gran parte de sus mecanismos de autorregulación. La presión arterial se convierte en el indicador indirecto más accesible para estimar la perfusión orgánica — es decir, si los tejidos están recibiendo el oxígeno que necesitan.
La relación es sencilla: presión arterial media (PAM) = gasto cardíaco × resistencia vascular sistémica. Cualquier alteración en alguno de esos factores puede precipitar una caída de presión. Y ahí está la clave: el tratamiento depende de cuál de esos factores está fallando.
En perros y gatos adultos sanos, los límites inferiores aceptables durante la anestesia se sitúan en torno a 80-90 mmHg para la presión arterial sistólica y 60-70 mmHg para la PAM. Por debajo de esos valores, hablamos de hipotensión clínicamente relevante que requiere intervención.
Pero ojo: en pacientes con enfermedad crónica — insuficiencia renal, hipertensión preexistente — esos rangos deben ajustarse al alza. No existe un valor universal. El contexto clínico lo cambia todo.
Las causas más frecuentes de hipotensión anestésica
Hipovolemia
Es una de las causas más comunes y, a menudo, la más corregible. El paciente llega con un déficit de volemia previo — por ayuno, deshidratación o pérdidas intraoperatorias — y la anestesia lo descompensa.
La respuesta: soporte con fluidos intravenosos. Siempre valorando el hematocrito y la proteína total antes de actuar, especialmente en pacientes anémicos o con riesgo de sobrecarga.
Vasodilatación farmacológica
La acepromazina y el propofol son dos de los fármacos más utilizados en nuestros protocolos — y dos de los que más pueden comprometer la presión arterial por vasodilatación. A esto hay que añadir el efecto vasodilatador de los anestésicos inhalatorios a dosis elevadas.
En estos casos, el soporte inicial es también volémico. Si la respuesta es insuficiente, podemos valorar vasoconstrictores como la fenilefrina.
Depresión miocárdica
Los anestésicos inhalatorios — isoflurano, sevoflurano — deprimen la contractilidad miocárdica de forma dosis-dependiente. A mayor concentración, mayor impacto sobre el gasto cardíaco.
La primera medida es reducir la concentración del inhalatorio siempre que la profundidad anestésica lo permita. Si no es suficiente, los inotrópicos positivos — dopamina o dobutamina en infusión continua — son la herramienta adecuada.
Bradicardia
La frecuencia cardíaca es un determinante directo del gasto cardíaco. Una bradicardia marcada — especialmente si es de origen farmacológico, por opioides o agonistas alfa-2 — puede precipitar una caída de presión que no responde a fluidos.
La respuesta: anticolinérgicos (atropina, glicopirrolato) o reversión del fármaco causante cuando sea posible.
Causas quirúrgicas y sistémicas
La insuflación abdominal en laparoscopia, la posición del paciente, la hemorragia intraoperatoria o la liberación de endotoxinas en cirugía abdominal son factores que también pueden contribuir. Reconocerlos a tiempo forma parte del trabajo de cualquier equipo de anestesia.
Un punto que no me canso de repetir: presión no es perfusión
Es tentador ver la PAM subir tras un vasoconstrictor y dar el problema por resuelto. Pero la vasoconstricción puede mejorar la presión mientras el flujo tisular sigue comprometido.
Por eso el objetivo no es un número en el monitor. El objetivo es que los órganos del paciente estén recibiendo el oxígeno que necesitan. Y eso requiere entender qué está pasando hemodinámicamente, no solo leer una cifra.
La monitorización continua — electrocardiografía, pulsioximetría, capnografía, presión arterial — no es un lujo. Es la herramienta que nos permite tomar decisiones clínicas reales en tiempo real.